Sunday, 12 April 2009

El pan nuestro


La casa huele a pan recién hecho y es, como el olor de la tierra removida del huerto, un aroma que trae consigo una felicidad sana y simple. Nadie, cuando somos niños, nos enseña a ser felices, pero deberían enseñarnos, al menos, a hacer pan y a plantar un huerto. Pienso que nos ayudaría mucho, en tiempos de crisis. De todo tipo de crisis. Haciendo pan uno aprende a valorar la sencillez de sus ingredientes. Lo primero que pensé la primera vez que decidí hacer pan fue: ¿es eso todo, harina, sal, levadura y agua? Y es verdad, para hacer pan (y pan delicioso) no se necesita más, igual que tampoco se necesita mucho para estar contento o para hacer la vida vivible. No me importa parecer ingenuo. Si hay una salida del laberinto en el que estamos metidos es por el camino de la simplicidad. Usamos poco las manos y demasiado la cabeza. Tenemos demasiadas ideas de futuro en la mente y estamos siempre en ese más allá. Amasando el pan nos detenemos en la sensualidad del presente. Es un placer sentir la humedad y la consistencia de la masa en las palmas de las manos. Luego hay que dejar la masa reposar. Y aprendemos a ser pacientes. La masa sube sólo si no la miramos. El milagro de los panes está en la levadura. La fermentación sucede, aunque no la veamos, como tampoco vemos la química del amor o por qué nos emociona una canción, un cuadro o una frase perfecta, pero todas estas cosas nos esponjan, nos hacen subir. Hacer pan, como cultivar verduras en el huerto, nos acerca al placer de nuestras capacidades y nos recuerda la sencillez de lo que verdaderamente necesitamos. Siempre me sorprende la belleza del pan al sacarlo del horno. Y sí, lo hemos hecho nosotros.

Wednesday, 1 April 2009

Room 237


Por fin he entrado en la habitación 237. Durante años, “El resplandor” me ha dado demasiado miedo y me resistía a su llamada. Redrum. Redrum. Redrum. Siempre me pasa lo mismo con las películas de terror. Por un lado siento esa pulsión que me atrae hacia ellas y, por otro, el rechazo a ese miedo que se te pega al cuerpo como alquitrán y ya no te deja. Con las películas de terror pasa una cosa que no pasa con las de otros géneros: en ellas es tan importante lo que sucede fuera de la pantalla como lo que sucede dentro. Viéndolas, saltamos, gritamos, se nos acelera el pulso y la respiración y, lo más importante, se revuelve esa serpiente que tenemos agazapada en el centro del cerebro. Y recordamos algo que habíamos aprendido de niños: que la semilla que apenas protege nuestra cáscara está hecha de puro miedo. Cuando era niño, yo sentía un miedo patológico a la oscuridad de mi cuarto, esa oscuridad que coagulaba en todas las posibles caras del terror debajo de la cama, allí donde los adultos sólo veían bolas de pelusa y zapatos. Y ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que lo que más miedo me daba era mi propio miedo; esa sensación de que los miedos irracionales te llevan a perder el control y pueden acabar por sumergirte en un pozo (como el del péndulo) de locura. Si estoy hablando de cuando era niño es porque, viendo la película de Kubrick (que se ha convertido en una de mis favoritas), me he reencontrado con ese que yo era hace unos cuantos años. Para mí, lo mejor de la película no es Jack Nicholson (a quien siempre encuentro demasiado histriónico), ni Shelley Duvall (aunque sus ojos de vaca, a punto de salírsele de la cara, son probablemente los que mejor han sabido mostrar terror en la historia del cine), ni la implacable (e impecable) dirección de Kubrick (con esa forma suya de colocar la cámara a la espalda de los personajes, que parece que se les va a echar encima y tragárselos de un bocado). No, para mí lo mejor es el niño, Danny, que es, con diferencia, el personaje más complejo y más escalofriante. Danny es un niño asustadizo y traumatizado, hipersensible hasta el punto de percibir la presencia de fantasmas o acontecimientos del futuro. Lo inquietante es que, para lidiar con todas estas cosas, Danny se ha inventado un amigo invisible, Tony, que es irascible, autoritario y feroz, y que habla con una voz gutural que hiela la sangre. ¿Por qué se inventa Danny un amigo tan desagradable? No lo sé, todo lo que puedo decir es que yo también tuve un amigo invisible que se me fue de las manos, pero esa es otra historia. Imagino que la respuesta tiene que ver con la inquietud que nos produce no saber lo que un niño sabe o piensa e ignorar qué efectos desastrosos pueden tener en él acontecimientos que aún no es capaz de racionalizar. Pero, por si estábamos a punto de infravalorar las capacidades infantiles, Kubrick, hacia el final de la película, se saca de la manga la que para mí es una de las imágenes más poéticas y poderosas que he visto jamás en la gran pantalla. Danny corre a través del laberinto del jardín del hotel mientras su padre le persigue con la consabida hacha. Agotado de correr por la nieve, de pronto se detiene y, apenas manteniendo el equilibrio, vuelve sobre sus pasos, marcha atrás, colocando los pies cuidadosamente sobre sus huellas, para despistar al asesino. Y yo no sé si es una metáfora intencionada o no, pero en estos tiempos en los que tantas cosas avanzan a ciegas, irracionalmente, blandiendo hachas como Jack Nicholson, es emocionante ver un símbolo del triunfo de la fragilidad y la inteligencia, caminando marcha atrás sobre la nieve, en precario equilibrio.

Wednesday, 25 March 2009

El cielo de Madrid


Este fin de semana me fui a recibir la primavera a Madrid. Volver a Madrid es reencontrarme con la ciudad de mis sueños, uno de los escenarios donde empecé a vivir. Por aquel entonces era joven y pueblerino (en el mejor sentido de la palabra) y mis visitas a Madrid me llenaban de expectación. Dejaba el campo y la capital de provincias para aventurarme en la jungla de asfalto, el lugar donde todo era posible. El cielo de Madrid, con sus ángeles hermosos y terribles, se convirtió en el horizonte de mis sueños, y me emborrachaba con esa vertiginosa abundancia de posibilidades que me asaltaba en los cines, en los parques, en las librerías y los bares. Perdido en el anonimato de la gran ciudad, aprendí que para ser yo mismo tenía que jugar antes a ser muchos otros, como quien se prueba distintos trajes hasta descubrir el que le hace sentirse más cómodo. En Madrid, sentía la presencia benéfica, aunque invisible, de todos esos escritores, cineastas, poetas malditos y aventureros a los que me admiraba y me parecía que su influjo me empujaba a desdoblarme en ese otro yo al que me resistía a dar tregua. En Madrid me pasaron muchas cosas. Aprendí, en mis incansables caminatas a solas por sus calles, a observar desde el desarraigo, a extraer de sus gentes perlas de sueños, nudos de cansancio y lágrimas de soledad. Historias que no escribí pero que, en mi cabeza, me convertían en escritor. En Madrid, también, la vida me atacó por la espalda, y sondeé el cielo y los abismos de la amistad. Noches de humo y conversaciones febriles y reconocimientos. Amaneceres de luz gris y abrazos emocionados frente a los portales. Azoteas de deseos inciertos. Palabras insuficientes para sentimientos nuevos. Cafés de vida por derrochar. Amigos que vinieron y se fueron, como un temporal, dejándome más sabio y más solo, con las raíces al aire. Amigos que vinieron y se quedaron, hasta siempre jamás, haciendo mis cimientos más sólidos. Volver a Madrid es volver a la ciudad de mis sueños. Y aunque prometí, y no cumplí, que un día vendría a Madrid para quedarme, sus ángeles no me lo echan en cara. Porque bien saben que el cielo de Madrid me lo llevo siempre puesto.


Saturday, 7 March 2009

En Compañía de Lobos


Los cuentos de hadas nos enseñan a temerle al lobo feroz. Sin embargo, a mí nunca me ha parecido tan malo el lobo de Caperucita. Los malos del cuento para mí siempre han sido otros. Para empezar: ¿qué clase de madre manda a una niña sola bosque adentro, sabiendo que merodean los lobos? y, si tan preocupada está por la pobre abuela, ¿por qué no va ella a visitarla, en vez de cargarle el mochuelo a Caperucita? Y el padre, ¿dónde narices está ese padre al que ni siquiera se menciona? Ajajá, diría Bruno Bettelheim: el padre es el lobo, el lado oscuro del padre, mientras que el leñador es el lado bueno de la figura paterna. Ya se sabe, los psicoanalistas siempre a vueltas con los padres y los penes, masticándonos la vida y, de paso, estropeándonos las historias.
Es verdad que, en los cuentos tradicionales, los animales simbolizan determinados atributos característicos del ser humano. Nos sirven de espejo en el que mirarnos sin darnos demasiado miedo. Y al pobre lobo le ha tocado cargar con nuestra peor parte ya que, en estas historias, suele ser el “malo” por antonomasia: cruel, traicionero y libidinoso. Es de suponer que la demonización del lobo se debe a que éste ha sido el principal depredador de nuestro ganado. Un competidor que muchas veces nos ha vencido. Hay, en nuestra relación con el lobo, un cierto tinte bíblico. Cuando San Francisco habla del “hermano lobo”, ¿estaría pensando en Caín y Abel? Pero, ¿quién es quién? La única vez que he visto un lobo en libertad, era un ejemplar flacucho y asustadizo, que caminaba como de puntillas por los pastizales. En cambio, sus persecutores eran feroces. Recuerdo el miedo que me daban las batidas del lobo y ese hombre que iba de pueblo en pueblo con el cadáver de uno atado macabramente a la baca del coche para recibir los vítores de los vecinos. Así lo hemos llevado al borde de la extinción, aunque ahora parece que las poblaciones de lobos se están recuperando y ya se oyen otra vez los gritos furiosos y fratricidas de ganaderos y cazadores.
Pero, volviendo a las historias, parece que desde las fábulas de Esopo esa ambigüedad en nuestras relaciones con el lobo está ahí. Aunque este animal es el malo en muchas de sus fábulas, hay una que le da la vuelta a la tortilla. Se titula “El lobo y los pastores cenando” y dice así:
“Un lobo que pasaba cerca de un palenque, vio allí a unos pastores que cenaban las carnes de un cordero. Acercándose, les dijo:
-¡Qué escándalo habría ya si fuera yo quien estuviera haciendo lo que ustedes hacen!”
Alguien a quien se le daba muy bien coger una historia conocida y darle la vuelta era Angela Carter, la escritora británica más fantástica, feminista y posmoderna. En sus relatos con lobo, dentro del volumen “The Bloody Chamber”, la frontera entre hombres y lobos ha desaparecido y, en su lugar, los lobohombres son criaturas, quizás peligrosas, pero si acaso debido sólo a su poder de seducción, mientras que los hombres a secas son mezquinos, brutales y supersticiosos.

Wednesday, 25 February 2009

Recuerdos apócrifos

Lo recordaba perfectamente: la luz en los árboles, la alegría contagiosa del cielo despejado, el silencio de St. Leonard’s y nuestra conversación apasionada. Sin embargo, al atravesar el parque y enfilar el estrecho sendero, Ryan pareció desconcertado. “Es que nunca antes había pasado por aquí”, me dijo. Yo lo negué rotundamente. “¿No te acuerdas?”, le dije. “Debió de ser uno de los primeros paseos que dimos juntos. Lo recuerdo perfectamente. Hacía un día muy bonito, soleado, y todo estaba en silencio, un silencio como de domingo.” Él movió la cabeza de lado a lado, con la tranquilidad de quien se sabe en lo cierto. “Que sí”, insistí, “me acuerdo hasta de lo que hablamos al pasar por aquí, me dijiste que en ese local antes había un café y acabamos hablando del té rojo y del té verde”. Mi amigo tampoco recordaba esa conversación. “Hasta hice fotos”, declaré, “te saqué una ahí, de pie frente a ese muro”.
Esa noche, al llegar a casa, encendí el ordenador y busqué las fotos. Sí, eran tal y como las recordaba: la luz dorada sobre los árboles, el cielo sin una nube, el silencio casi palpable de la calle vacía. Pero Ryan no estaba por ninguna parte. Cuando miré la fecha de la carpeta supe por qué: las había sacado exactamente dos semanas antes de que nos conociéramos.

No es la primera vez que me pasa. Mi memoria (sobre todo la de mi infancia) está llena de recuerdos apócrifos. Recuerdo lugares en los que nunca he estado, gente a la que nunca he conocido, cosas que no he visto. La memoria es un funcionario torpe. En su empeño ciego de acumulación, de búsqueda de patrones y de sentido, a veces derrama el tintero sobre el folio en el que escribe. Y ahí nos queda un borrón de forma caprichosa e indeleble. Un recuerdo de lo que nunca sucedió que, aun tras desenmascararlo, persiste.

Monday, 16 February 2009

Espejo Oscuro


Ningún objeto me parece más inquietante que un espejo. En algún momento de nuestra infancia alguien nos coloca delante de uno y nos dice: mira, ¡eres tú! Y entonces debemos aprender a identificarnos con ese extraño que repite nuestros gestos sobre la superficie pulida y fría. Recuerdo una noche, hace muchos años, que llegué a casa borracho, con esa ebriedad fanática y primeriza de la adolescencia. Fascinado por ese nuevo estado me quedé parado delante del espejo del baño. Me contemplé un rato largo y, de pronto, mi cara comenzó a cambiar hasta que me di cuenta de que aquel impostor no podía, de ningún modo, ser yo. Desde entonces me miro en los espejos con recelo, consciente de que el reflejo no es del todo exacto, de que el que me mira desde el otro lado tiene un brillo irónico en los ojos y la sonrisa levemente torcida. Consciente de que mi reflejo sabe algo que yo desconozco. El yo que vive en los espejos es mi lado oscuro. Muy acertadamente, Gonzalo Suárez, en su película “Mi nombre es sombra”, hace salir a Mr Hyde de un espejo. Los espejos son un portal hacia los abismos del alma de los que en ellos se reconocen. Son el reverso de “El retrato de Dorian Gray”: en ellos envejecemos y nos hacemos viles mientras nos sentimos, por dentro, todavía inocentes y jóvenes.
Los cuentos de hadas, que ahora estoy leyendo vorazmente y con creciente fascinación, están llenos de espejos: desde el espejito-espejito de la madrastra de Blancanieves hasta el espejo rajado que cubre el suelo de la cámara de la Reina de las Nieves, el maravilloso (en todos los sentidos) relato de Hans Christian Andersen. De hecho, muchos cuentos de hadas (por ejemplo “Hansel y Gretel”) tienen una estructura que se conoce como “el espejo oscuro”, por la cual los protagonistas entran en un mundo paralelo, semejante al que habitan normalmente pero en el que predominan las fuerzas oscuras a las que deberán derrotar antes de volver a “este” lado. Una escritora a la que también le fascinaban los espejos, hasta el punto de incluirlos en varios de sus “Siete cuentos góticos”, fue Isak Dinesen. El protagonista de “Las carreteras de Pisa” se mira en el espejo para ver la verdad sobre sí mismo pero, a la vez, recuerda con pavor la terrible experiencia de verse deformado y multiplicado hasta el infinito en uno de esos halls llenos de espejos. En “El mono”, en cambio, un espejo actúa como un objeto de brujería ante el que se desnudan tres doncellas en la noche de Walpurgis. Esa escena me hizo recordar la película “La hora bruja” donde Paco Rabal se desnuda a medianoche frente a un espejo iluminado con dos velas para ver su propio entierro.
Magia, brujería o verdad, más vale andarse con cuidado no vaya a ser que nos veamos de pronto suplantados por nuestro propio reflejo.

Thursday, 5 February 2009

Bombón: El perro


Alfred Hitchcock solía decir que si metes un niño o un animal en una película corres el riesgo de arruinarla o de perder los nervios. Aun así, Hitchcock decidió arriesgarse e incluyó a esas criaturas volubles, impacientes y temperamentales en alguna de sus películas convencido, probablemente, de su enorme poder para conmovernos y afilar el filo del suspense. Está claro que los perros pueden funcionar a la perfección como elementos narrativos en el cine pero también es cierto que la mayoría de las películas “con perro” nos presentan una visión de los canes estereotipada y empalagosa. Los perros del cine son monos, ágiles, listos hasta lo indecible, leales hasta la muerte y cariñosos hasta la nausea. Por eso es una delicia encontrarse con una película como “El perro” de Carlos Sorin, donde vemos a un perro de carne y hueso, sin las babas de la comicidad o del sentimentalismo. La película nos cuenta la historia de Coco Venegas, un hombre de mediana edad que se encuentra en el paro tras el cierre de la gasolinera en la que trabaja. La vida no le va muy bien, pero él se enfrenta a su mala racha con una mirada limpia, donde caben la vulnerabilidad y la ironía, y una sonrisa tímida. Coco recibe un perro de una mujer a la que ayuda y casi sin darse cuenta se ve haciendo las cuentas de la lechera. Gracias al perro (Bombón, le dicen, es un magnífico ejemplar de dogo argentino) quizás pueda hacer dinero y salir del bache. Uno de los grandes aciertos de la película es lo hábilmente que muestra como Bombón, además de heredar los genes que determinan su raza, hereda también las ideas preconcebidas que la gente tiene sobre la misma: es un perro de guarda, es un perro de caza, es un perro agresivo, satisface unas ciertas características morfológicas que merecen ser premiadas en una exposición canina. Todo el mundo, menos Coco, que no sabe nada de perros, parece tener una firme opinión sobre quién es Bombón y qué se debe esperar de él. Bombón y Coco Venegas son personajes antitéticos: mientras al primero le viene definido su status en la sociedad por su raza, al segundo le cuesta hacerse un hueco en una sociedad que lo condena a cierta marginalidad precisamente por su indefinición: desempleado, intentando ganarse la vida vendiendo cuchillos tallados a mano, padre descolocado, marido ausente, demasiado viejo para ser joven… La aventura de Coco y Bombón nace de su inconformismo ante los roles que a ambos se les ha asignado sin preguntarles. Sorin nos cuenta todo esto con una sencillez desarmante y, precisamente por ello, su mensaje rebelde y liberador nos cala más hondo. Esta película no es sólo un canto a la amistad entre perros y humanos sino también un recordatorio de que los perros (y las personas) son siempre mucho más de lo que creemos, cuando les dejamos ser lo que realmente son.