Monday, 14 July 2008

El amigo de las plantas


En la sala comunal del edificio donde trabajo la gente se reúne para tomar café, comer o charlar un rato. Es un espacio abierto, amplio y luminoso, con vistas a un parque. En los ventanales la gente ha ido poniendo plantas y, después, se ha ido olvidando de ellas. Poco a poco las vemos marchitarse sin que ninguno intentemos evitarlo (es increíble como en esas zonas comunes de la convivencia se aplica el refrán de “unos por otros, la casa sin barrer”). El caso es que, de unas semanas para acá, las plantas han empezado a mejorar y han recuperado su verdor. Hemos respirado aliviados. En el fondo su decadencia nos ponía tristes, aunque no hubiésemos hecho nada para remediarla, y su renovada vitalidad hace que estemos más felices y relajados durante la pausa del café.
Esta mañana, he bajado a comer un poco a deshora y me he encontrado con el amigo de las plantas. Un chico alto, vestido de negro y con pinta de leer ciencia-ficción, estaba regándolas, quitando las hojas marchitas, acariciándolas con los dedos. Estaba tan entregado a su tarea que no se dio cuenta de mi presencia. Decidí dejarlo solo porque me dio la sensación de que preferiría que su labor quedara en el anonimato. Así que me fui pensando en lo necesaria que es la gente que cuida de las cosas, los seres y las personas que están en los rincones, las cosas, los seres y las personas que están ahí y la gente ve y deja de ver, que necesitan atención pero no la reciben porque nos dejamos llevar por la dejadez que produce el pertenecer a una comunidad.

Tuesday, 8 July 2008

El padre de Blancanieves

Acudimos a los libros no sólo buscando evasión o vivir nuevas experiencias de manera vicaria, sino también para mirar la vida y el mundo desde otro punto de vista, para formularnos preguntas que quizás nunca antes nos habíamos hecho. Se ha dicho, también, que es muy difícil hacer buena literatura sobre buenas intenciones o, dicho de otra manera, que aquellos escritores que se ponen a escribir una novela de alto contenido político caen a menudo en lo panfletario y sus personajes adolecen de un exceso de esquematismo porque están demasiado sujetos a las ideas que nos intentan transmitir. Pues bien, en su última novela, la escritora Belén Gopegui se atreve a hacer preguntas desde el compromiso político sin que la calidad literaria de su obra se resienta, mostrando una vez más que es una de las mejores y más originales escritoras que tenemos en España. ¿Quién es el padre de Blancanieves al que alude el título? Pues, como diría Flaubert, soy yo, o somos casi todos. El padre de Blancanieves del cuento es un personaje secundario, aun cuando debería ser importante. Sabemos que vive en el castillo con la malvada madrastra y que cuando ésta intenta librarse de Blancanieves el padre no dice, no hace nada. El padre de Blancanieves de la novela de Gopegui es de clase media, vive confortablemente en su pequeño mundo, sin hacerse preguntas ni intentar cambiar nada, a excepción quizás de ascender en el trabajo o ganar un poco más de seguridad. El problema es que un día alguien aparece en la puerta de su casa y les ofrece una manzana envenenada. Manuela, profesora de instituto y ex-progre, casada y con tres hijos llama al supermercado para quejarse de un envío que ha llegado tarde y al día siguiente recibe en su puerta a un hombre ecuatoriano que la hace responsable de su despido. Al principio ella protesta: estaría bueno que no pudiera uno quejarse, cuando tiene la razón, por miedo a que vayan a despedir a alguien. Pero ya ha mordido la manzana y las preguntas se le echan encima y con ellas la necesidad de “hacer algo”. Así empieza la novela, una historia coral sobre gente que intenta cambiar las cosas que están mal (social y ecológicamente) y un hombre que sólo quiere defender su parcela de seguridad y su propio placer. Es el placer, según el padre de Blancanieves, lo que hace que los que luchan por un mundo mejor sean tan pocos. Nuestra sociedad está atontada por un hedonismo ferozmente individualista y pocos llegan a alcanzar un estado adulto en el que se hagan cargo de las consecuencias y las responsabilidades de su modo de vida.
La novela trata, al fin y al cabo, del conflicto entre la vida privada y la vida pública, entre lo que queremos para nosotros y lo que sería justo que el mundo y la sociedad fueran. El padre de Blancanieves es una novela inteligente y hermosa, de esas que se quedan pegadas a uno para siempre. Leedla y actuad en consecuencia.

Monday, 30 June 2008

Zumbido

El fin del mundo se acerca o al menos el fin de la humanidad y de muchas otras cosas. Vivimos todos los días con esta certidumbre apocalíptica, aunque no nos quite el sueño ni nos haga cambiar nuestro estilo de vida o luchar por una revolución política que detenga la dinámica aniquiladora del capitalismo. Quizás nos cueste creer del todo en este Apocalipsis porque lo imaginamos a la manera de las películas catastrofistas de Hollywood. Las inundaciones, sequías, tornados, plagas, que nos dicen que están en el horizonte nos quedan un poco lejos a los que vivimos en la placidez atontada de nuestras ciudades del norte afortunado. El cambio climático es una pequeña molestia cuando nos estropea los planes de hacer una barbacoa o cuando vemos una foto de un oso polar en equilibrio precario sobre un trozo de hielo a punto de naufragar, pero, por ahora, esa inconveniencia no va más allá. Sin embargo, puede que uno de los jinetes de ese Apocalipsis (que nos parece tan inverosímil como el argumento de tantos éxitos de taquilla) avance calladamente, a la manera de la Primavera Silenciosa que Rachel Carson denunció hace ya casi medio siglo. La población de abejas melíferas de Estados Unidos se ha reducido en un cincuenta por ciento en los últimos 50 años. Por razones aún no del todo claras, las abejas abandonan las colmenas para ir en busca de polen y néctar y ya no regresan. Hay quien culpa al uso intensivo de pesticidas en la agricultura y quien culpa a las ondas eléctricas de nuestros sofisticados sistemas de comunicación, que podrían estar afectando la capacidad de orientación espacial de los insectos. Sea como sea, la realidad es que el sutil vínculo entre las abejas y nuestro porvenir se está haciendo cada vez más evidente y precario. El 80% de la producción agrícola depende de la polinización. Las cosechas dan fruto porque los insectos van de flor en flor, como un cura echando bendiciones. Pues bien, un tercio de esas bendiciones, las echan las abejas y su desaparición podría venir acompañada de un descenso trágico en las cosechas. Así que a lo mejor no nos vamos de este planeta al que hemos exprimido sin piedad con toda la pompa hollywoodiense sino en silencio y con mucha hambre. En ausencia de un pequeño zumbido al que no supimos dar valor.

Thursday, 26 June 2008

Historia con paraguas y libro

Empezó a llover en cuanto puse un pie en la calle: esas cosas que pasan cuando uno está teniendo un mal día. Enfilé la calle a buen paso (tenía prisa), maldiciendo la lluvia y los nubarrones laborales y mentales que (estaba claro) habían terminado por desencadenar la tromba de agua. Y entonces, al mirar para cruzar la calle, la ví. Una mujer diminuta caminaba a pasos muy cortos, cobijada bajo un paraguas gigantesco. Y lo alucinante: la mujer, como una equilibrista, a pesar de la lluvia y del aparatoso paraguas y de su propio moviento, llevaba un libro en la mano y leía. En ningún momento (ni siquiera al cruzar la calle, para mi propio sobresalto) levantó la mirada de esas páginas que eran tan importantes como para jugarse la vida. Y fue verla y deslizarme en mi piel de escritor, que es algo así como un traje de superhéroe con el que me pongo a volar de alegría cuando la vida me pone en las manos palabras así: era una mujer diminuta a la que, en los días de lluvia, le gustaba leer mientras caminaba cobijada bajo un gigantesco paraguas negro.
Pasó la lluvia y salió el sol. Y me cambié la piel, pero sólo por un rato porque después del trabajo me encontré (no sé cómo) en una de esas polvorientas librerías de segunda mano. No buscaba nada en concreto, así que ojeé títulos conocidos y desconocidos, acaricié lomos más o menos desgastados y metí las narices entre sus páginas (me encanta el olor de los libros viejos, ese olor picante, entre pimienta y tabaco). El libro que al final me compré me llamó la atención por sus tapas amarillas y por el nombre de su autor, William Saroyan, a quien nunca he leído y desde hace tiempo he querido leer. Leí la primera frase, el primer párrafo, y me hizo reír (el librero levantó la vista y me miró ofendido por encima de sus gafas). Seguí leyendo. Me estaba ganando el estilo desenfado y, sobre todo, la advertencia de la línea siguiente a las que me hicieron reír ("estoy escribiendo una historia seria, quizás una de las más serias que vaya a escribir jamás"). Pagué mi libro con la precipitación de quien paga a una puta en un momento de calentón y salí a la calle. Las siguientes líneas del cuento me dejaron boquiabierto. Contienen todo lo que alguien que quiere escribir necesita saber, son una pequeña deliciosa biblia sobre la precisión y el compromiso. Lo leí de un tirón sin levantar la vista (y sin dejar de caminar, jugándome la vida) pensando en que nada más llegar a casa tenía que escribir sobre la mujer del paraguas. Porque estas cosas pasan. Y hay que contarlas.

Sunday, 15 June 2008

El orden alfabético

Hay escritores que nos deslumbran con la belleza de sus frases o que nos emocionan con sus historias hasta tal punto que las vivimos en nuestras propias carnes, y luego están los que tienen una visión tan peculiar del mundo y son tan hábiles al plasmarla por escrito que nos hacen ver las cosas de una forma nueva y después de leerlos nada vuelve a ser lo mismo. A esta última categoría pertenece Juan José Millás. Durante años he seguido sus columnas en el País. Siempre me ha parecido inigualable su manera de destripar esa cosa que llamamos realidad (y qué es real o no lo es, cuando la realidad que conocemos se construye en esa fábrica de monstruos y espejismos que es el cerebro humano) en unas pocas líneas, dejándonos deslumbrados y haciéndonos a la vez, extrañamente, un poco más sabios. He evitado, en cambio, al Millás novelista (un poco por lo que me han dicho los que han leído sus novelas y otro poco porque “La soledad era esto” me dejó bastante frío. Pero, como siempre he creído que los libros saben encontrar a sus lectores mejor que éstos a aquéllos, no dudé en lanzarme a la lectura de “El orden alfabético” cuando lo pusieron en mis manos.
La novela de Millás juega con esta dicotomía entre realidad e irrealidad. En la primera parte, el protagonista se desliza durante una enfermedad de su infancia a una realidad paralela (el reverso del calcetín), en la que las cosas parecen más ciertas y comprensibles, quizás porque viven más pegadas a las palabras que las significan. El problema empieza cuando las palabras empiezan a desaparecer –geniales esas escenas en las que los libros alzan el vuelo y se desvanecen en el aire-, sumiendo a la gente en un estado pre-civilizado. Con mucho humor y una inventiva que deja al lector boquiabierto, el autor desafía lo que él llama la “lógica de la costumbre” e ironiza sobre el poder de las palabras para poner en orden la incomprensibilidad de la vida. El orden alfabético ayuda a nombrar el mundo y a mantener a raya la realidad pero también tiene un lado inquietante. Podemos aceptar frases hechas inocentemente y, antes de que nos demos cuenta, tendremos una mujer y un hijo imaginarios. Las palabras pueden desescribir la realidad con la misma facilidad con la que la crean. Pasen y lean. Nunca volverán a mirar una enciclopedia o un curso de inglés por fascículos de la misma manera.

Tuesday, 10 June 2008

Commuting


Todas las mañanas, cojo el tren para recorrer el trayecto (unos 20 kilómetros) que va desde el pequeño pueblo de North Queensferry hasta Edimburgo. Comparto mi viaje con muchas personas que se desplazan cada día para trabajar en la ciudad, los llamados commuters, afectados por otra de las enfermedades de nuestro tiempo: ese dormir en un sitio y trabajar en otro que está más o menos lejos.
A mí me encanta viajar a diario en tren. Esos veinte minutos me sirven de transición agradable, de preparación para la jornada de trabajo. Normalmente los paso leyendo –el ritmo de la lectura acompasado por el traqueteo del tren-, aunque a menudo se me van los ojos hacia el resto de los pasajeros, a los que, con el paso del tiempo, voy conociendo aunque nunca crucemos una palabra. Ver a los mismos extraños todos los días en un espacio tan reducido, donde los puedes observar con relativa impunidad, es un acicate para la imaginación. Poco a poco aprendes muchas cosas sobre ellos, lo que te lleva a imaginar otras muchas. Día a día, aprendes qué noticias son las que les llaman la atención en el periódico, qué tipo de libros les gustan, de qué hablan por sus móviles, cómo les cambia la expresión cuando hace sol o es viernes. De lo que no se puede aprender mucho es de sus gustos en cuanto a vestuario, pues la mayoría de los hombres van de traje y corbata y muchas de las mujeres también van uniformadas de alguna forma, con ropa que acentúa cierta autoridad neutra, despersonalizada. Todas esas mujeres y hombres pegados a sus móviles, a sus ordenadores portátiles y a sus informes me parecen criaturas fascinantes, porque me resulta casi imposible imaginarme qué es lo que hacen en sus oficinas de 9 a 5, y sus costumbres son para mí más misteriosas que las de cualquier tribu aborigen del Amazonas. Lo que sí sé de los commuters es que siempre están cansados. A la primera de cambio se quedan dormidos y es desconcertante verlos cabecear sin ningún pudor. Me pregunto si no dormirán tanto para soñar otras vidas, quizás vidas sin trajes, ni jefes, ni móviles, ni trenes.

Con el tiempo he aprendido que hay básicamente dos tipos de commuters, que sólo se distinguen en el viaje de vuelta. Al primero pertenecen los que no cambian, los que son exactamente iguales cuando van que cuando vuelven. El segundo lo componen los que, de vuelta a sus casas, se aflojan la corbata, leen una novela en vez del informe de por la mañana, llaman a un ser querido en vez de a un compañero del trabajo, charlan animadamente con alguien en vez de estar en silencio o miran el paisaje por la ventanilla ¿Serán sus sueños también distintos?

Thursday, 29 May 2008

Recuerda, cuerpo

En el tren de camino a Edimburgo, tras las vacaciones en Cádiz, me viene a la cabeza el poema de Kavafis. Miro por la ventana la niebla que flota sobre los prados, esta melancolía disonante de mes de octubre en pleno mayo y las palabras llegan solas, como una oración: recuerda, cuerpo. La memoria de los días pasados no se perderá fácilmente. El cerebro está hecho para recordar, lo que queremos y lo que no. Pero coincido con el poeta alejandrino en que el cuerpo, nuestra piel, también lo hace, aunque de manera más sutil. Son estas impresiones las que quiero conservar: el calor benéfico, exultante del sol y la caricia del viento poniente en la piel; el delicioso cansancio en los músculos y la resaca de los sentidos tras el baño en el Atlántico; la fricción de la arena en los pies; el olor y el color de las hortalizas y el pescado de la plaza; el frescor de las calles por las mañanas; el pellizco del cante en los centros; y los abrazos de niños y mayores y las risas en la noche, que aflojan nudos y esponjan el pecho. Me gustaría mantener esas sensaciones flotando sobre la piel como las cometas que volamos una tarde en la playa, conservar la sensualidad vigorizante, la confianza y la alegría que trae el habitar el propio cuerpo en la belleza del mundo y del momento. Porque no me fío del cerebro, que no es muy diestro a la hora de conservar el recuerdo de la felicidad. Mi esperanza reside en las huellas que dejan los pies mojados de la alegría sobre piel, músculos y huesos. Recuerda, cuerpo.