Monday, 24 August 2009

Walden


Desde el hall de la galería de arte nos conducen a una de esas salas de teatro improvisadas que abundan en Edimburgo durante los días del Festival. Es una habitación espaciosa y bien iluminada. En el centro hay dos bancos de madera enfrentados formando un óvalo, donde nos invitan a sentarnos. Tras unos minutos, un hombre al que hasta entonces habíamos creído uno más de los miembros del público, empieza a hablar. Lo que dice es tan mío que me resulta extraño y emocionante oírlo en labios de un desconocido: “Me fui a los bosques porque quería vivir a conciencia”. Son las palabras que David Henry Thoreau escribió para mí (y seguro que para muchos otros) en su libro “Walden”.
El 4 de Julio de 1845, a los 28 años de edad, Thoreau dejó su vida pequeño-burguesa y se fue a vivir a orillas del lago de Walden. Con sus manos, y a solas, construyó una cabaña y aró el terreno donde iba a plantar sus famosas alubias. Vivió allí, a conciencia, durante dos años y dos meses, y luego destiló sus experiencias y reflexiones para darnos uno de los libros más hermosos que se han escrito jamás.
La compañía de teatro “Magnetic North” se ha atrevido a poner en escena el “Walden” y su montaje habría impresionado a Thoreau, porque está llevado a cabo con una austeridad que se sostiene exclusivamente en el poder de convicción del texto y la gran fuerza telúrica del único actor. Me da rabia pensar que esta obra va a pasar desapercibida entre el ruido de obras supuestamente vanguardistas y combativas que en el fondo se quedan en un vacuo exhibicionismo. Porque las ideas propuestas en Walden son más relevantes que nunca en estos tiempos que, más que correr, vuelan. Thoreau fue un firme defensor de la simplicidad como modo de vida. A mediados del siglo XIX ya veía en la progresiva industrialización de los Estados Unidos el nacimiento de una absurda obsesión con el tiempo, la productividad y el materialismo, que sólo podía traer ansiedad y el alejamiento de la “buena vida”. Lejos de conformarse con quedarse en la teoría, Thoreau decidió llevar a la práctica su pensamiento y por eso se fue a vivir a los bosques, por eso acabaría en la cárcel. Walden rezuma la sabiduría del que hunde las manos en la tierra del mundo y de su propia alma. Thoreau amaba la soledad. En inglés hay dos palabras para nombrar la soledad: “solitude”, que es esa soledad gozosa, propicia para la contemplación, el auto-conocimiento y la admiración de la naturaleza; y “loneliness”, que es el sentimiento incapacitante y claustrofóbico que experimentamos generalmente cuando estamos rodeados de gente. Para Thoreau la soledad positiva era tan necesaria como el agua y el alimento; es más, era incapaz de concebir la amistad real sin esa soledad deseada como nutriente.
“Walden” me impactó enormemente la primera vez que lo leí, cuando era un solitario adolescente que quemaba su inquietud caminando por los montes. Fue un alivio encontrar una voz amiga que compartía mi pasión por la naturaleza y por una vida más auténtica y menos lastrada por las convenciones. De Thoreau aprendí que no basta con mirar el mundo natural y admirarlo. El escribió con pasión sobre los hechos de la naturaleza pero sabía que, sin dotarlos de un contexto personal, se quedaba en lo meramente descriptivo. “La percepción de la belleza”, escribió, “es un examen moral”. Contemplando el lago helado, el vuelo del halcón y el sonido de la lluvia, Thoreau miraba hacia fuera y escuchaba el eco de dentro. Así aprendió a vivir.

Monday, 6 July 2009

Todas las cosas sin nombre


Siento que mis mejores cuentos son aquellos que aún no he escrito. A menudo me veo reservando la escritura de una historia para más adelante, porque me siento incapaz de estar a la altura de la idea. Hay argumentos, atmósferas y personajes que llevan años viviendo en mi cabeza, esperando el momento en que me sienta capaz de darles vida en la página de manera digna. Una de mis ideas más queridas es un cuento que se titula “Todas las cosas sin nombre” y es la historia de un adolescente que pasa un verano solitario pero lleno de descubrimientos en la casa de campo familiar. Sus días trascurren explorando el monte, el río y los caminos. Con su guía de campo aprende los nombres de cuanto le rodea y decide que quiere estudiar biología y dedicarse a descubrir nuevas especies. Imagino que los que me conocen ya se habrán imaginado que la idea está inspirada en mis veranos en Riosequino, ese lugar del mundo del que nunca me he ido. Todavía me hace sonreír la seriedad con la que mi abuelo bautizó con el nombre de “el laboratorio” al cuarto donde yo guardaba con celo mis “hallazgos” (plumas, huesos, restos de huevos, egragópilas) y donde se apilaban mis guías y cuadernos de campo. Por aquel entonces aprendía los nombres científicos de plantas y animales con la devoción de quien aprende los nombres secretos de su amado.
Hace unos días leí en “The Scientist” que la taxonomía es una ciencia en declive, sobre todo porque los organismos que financian proyectos de investigación cada vez dedican menos fondos a ese campo. La ciencia, que ha avanzado vorazmente hacia la biología molecular (quizás espoleada por el desarrollo de una tecnología que hay que rentabilizar), parece dar la espalda al estudio de campo y la descripción morfológica de nuevas especies. Si Linneo levantara la cabeza…
Según ciertas estimaciones sólo hemos “catalogado” el 6% de las especies del planeta. El resto son especies sin nombre. Muchas de esas especies se han extinguido o se extinguirán sin que nos demos cuenta, como si nunca hubiesen existido. Es por eso que la taxonomía y su titánica tarea son tan imprescindibles: esta ciencia es el lenguaje de la biodiversidad. Si las famosas predicciones de C. Thomas y compañía se cumplen, para el 2050 habrán desaparecido el 37% de las especies de algunas zonas del planeta, debido al cambio climático, pero será una pérdida intangible porque lo que perderemos no ha sido nombrado, y ¿no es esto acaso una pérdida doble?
A veces, como ahora mientras escribo esto, mi pasión por la naturaleza y por la escritura parecen casar perfectamente. La enorme riqueza del mundo (tan estrecho y tan profundo como ese valle en León) y el entrenamiento de la mirada al que invita la naturaleza estimularon, creo yo, el desarrollo de mi imaginación. Y, como le sucede al personaje de ese cuento que no sé si llegaré a escribir, fue el descubrir la fragilidad de los seres y de los vínculos (biológicos y emocionales) lo que me hizo necesario buscar palabras para nombrarlos, escribir frases con las que apuntalar su existencia e historias enteras para lamentar su pérdida.

Monday, 29 June 2009

Mike


Por la noche, mi vecino Mike y yo nos vamos a la cama a la misma hora, aunque él no lo sabe. Ya suelo estar metido entre las sábanas, leyendo, con mi gato Judas a los pies, cuando oigo sus pasos en la habitación del piso de arriba. Desde hace unas semanas, Mike se ha quedado solo. La mujer que vivía con él se ha marchado. Lo sé porque ha desaparecido su coche de la calle y ya no la veo tender la ropa en el jardín de atrás. Y sobre todo porque, por las noches, mientras leo en la cama, no oigo su risa desinhibida y cantarina, mezclada con la más ronca y tímida de Mike. Parecían pasárselo muy bien juntos. Ahora, Mike ha dejado de segar el césped y de sacar la basura los jueves por la noche. Todo lo que sé de él es que se va a la cama con pasos lentos, a eso de las doce.
Esta mañana, de camino a la estación de tren, me encontré con él. Mike es un hombre corpulento, de unos sesenta años. Lleva el cabello espeso peinado hacia atrás y tiene la barba entrecana y una nariz deformada, como un tubérculo. Sus ojos, azules y nublados, son pequeños y siempre están enrojecidos, como con falta de sueño. Mike tiene la cara de quien ha trabajado muchos años a turnos y ha bebido, a temporadas, más de la cuenta. Y tiene voz de fumador, aunque nunca le he visto fumar. Le pregunté qué tal estaba y me dijo que bien. Y no me atreví a preguntarle nada directamente. Luego, me contó que había pasado unos días visitando a su primo. Mi primo es como tú, me dijo, un loco de los animales. Tenía esta perra a la que adoraba. Cuando llegué a su casa estaba disgustado. Acababan de ir al veterinario porque a la perra le fallaban las patas de atrás, algo en las caderas. El veterinario sugirió que usaran un arnés con ruedas, para que la perra se pudiera mover. Fíjate qué locura. Mi primo optó por la eutanasia. Cavamos una tumba para ella en el jardín. La enterró con sus muñecos de goma y, cuando empezamos a echar tierra encima, los muñecos chirriaron y era como si la perra gimiera. Y mi primo se fue y tuve que acabar de enterrarla yo solo.
En la última palabra la voz de Mike se quebró un poco. Rellené el silencio diciendo lo triste que es que se te muera un animal con el que llevas viviendo un tiempo y luego, al ver el tren entrando en la estación, me despedí apresuradamente y salí corriendo.
En el tren, me senté en el lado de la ventanilla y pude ver a Mike, todavía donde le había dejado. Estaba inmóvil, como si no supiera qué hacer con su cuerpo. Luego, lentamente, comenzó a caminar calle abajo.

Saturday, 20 June 2009

De los animales y su risa


Me he pasado los últimos cinco años estudiando el dolor en los animales y no me cabe duda alguna de que los animales sufren de una forma semejante a nosotros. En esto, la mayoría de los científicos me darían la razón, con deshonrosas excepciones. Más difícil es convencerles de que los animales experimentan esas emociones que están en el otro plato de la balanza, sentimientos como la alegría, el placer o la felicidad. La sola mención de estas palabras aplicadas a los animales hace que los científicos se revuelvan incómodos. El estudio de las emociones en los animales se ve complicado por factores conceptuales y prácticos – ¿cómo podemos evaluar lo que es subjetivo por definición? –, pero también debido a los prejuicios: uno no puede estudiar lo que cree que no existe o lo que piensa que no se puede medir-. Charles Darwin en su libro “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre” (1872), afirma que las diferencias en las emociones experimentadas por el ser humano y los animales son de grado, pero no de tipo, sugiriendo un continuo evolutivo entre ellos y nosotros. Pero, aunque cualquiera que haya pasado un tiempo observando atentamente a su gato o a su perro no durará de su rica vida emocional, legitimizar las emociones científicamente es arena de otro costal. Se engaña quien crea que la ciencia va siempre por delante.
No obstante, un estudio reciente llevado a cabo en grandes simios ha evaluado una de las expresiones más obvias de la alegría: la risa. Y parece que no nos reímos solos.
Marina Davila-Ross y su equipo se pasaron unos meses haciendo cosquillas a bonobos, chimpancés, gorilas y orangutanes y grabando sus risas para compararlas con las de tres bebés humanos. Los resultados muestran tanto diferencias como semejanzas entre las especies estudiadas. Los bonobos, por ejemplo, son capaces de emitir vocalizaciones más cortas y más rápidas que el resto de los primates no-humanos. Su mayor control de la respiración y las cuerdas vocales es muy parecido al nuestro. Dicho sea, en un aparte, que parece ser que la risa, debido al ejercicio de control vocal que supone, tuvo un papel muy importante en el desarrollo del atributo humano por antonomasia: el lenguaje verbal. Antes de poder hablar, nos reíamos. Parece claro que la función de la risa es la comunicación de una cierta conexión social. Jaak Panksepp, uno de los líderes mundiales en el estudio de las emociones ha estudiado la risa en las ratas de laboratorio. Sí, las ratas también ríen. Panksepp cuenta lo mucho que le ha costado encontrar financiación para sus estudios y publicar sus resultados, debido a los prejuicios de la comunidad científica. Este científico descubrió que cuando las ratas juegan emiten unos ultrasonidos de 50kHz y se pregunto qué pasaría si se les hiciera cosquillas. Y, eureka, las ratas rieron. En cuanto a la función de esa risa, Panksepp cree que es establecer un vínculo social positivo. Al ofrecer a las ratas una mano que les había hecho cosquillas y otra que solamente las había acariciado, elegían aquella que les había hecho reír.
Tanto los detractores como los defensores de la capacidad de los animales de sentir emociones utilizan argumentos evolutivos. Los primeros dicen que sólo el ser humano es lo suficientemente “evolucionado” como para tener emociones, mientras que los últimos dicen que las emociones no pueden haber salido de la nada, con lo cual tienen que estar presentes, aunque no sea de la misma forma, en los animales.
A mí, la verdad, ya me cansa que se mire a los animales como proyectos imperfectos e inacabados y a sus capacidades como a las piezas del Lego con las que se terminaría por construir esa obra maestra de la evolución que es el ser humano. Me parece que, sea lo que sea lo que los animales sienten, es importante para ellos, porque es su única verdad. Su risa significa para ellos lo mismo que la nuestra para nosotros.
Lo alucinante es, y eso parece habérseles escapado a los sesudos científicos, que podemos reírnos juntos.

Monday, 8 June 2009

Sleep Furiously


Para todos los que creemos que la salida de este embrollo global en el que estamos metidos pasa por volver al campo, a la agricultura y a la ganadería de pequeña escala, a una vida más simple y autosuficiente, la película documental “Sleep Furiously” es una prueba emocionante de lo mucho que podríamos perder con la desaparición de esos pueblos adormilados que casi no salen ni en los mapas. La furia del título, es la furia de los habitantes de Trefeurig, en Gales. Es una furia sin ruido, la furia de las hojas en los árboles y la del implacable ritmo de las estaciones, que la película sigue a lo largo de un año. Es la furia de los que sienten amenazadas su forma de vida y su cultura. El pueblo, que ya se ha quedado sin tienda y sin parada de autobús, ahora se enfrenta a la desaparición del único centro que les da un cierto sentido de comunidad: la escuela. La película comienza en sus aulas, donde los pocos niños del pueblo modelan figuras con arcilla y aprenden canciones en galés. En este pueblo nació Gideon Koppel, el director de la película, cuyos padres se refugiaron aquí tras huir de la Alemania nazi. Y su conocimiento y su amor por el paisaje y el paisanaje se reflejan en cada poética imagen de la película. Koppel coloca la cámara en las cocinas y nos llega el olor a leche cruda y a pastel de manzana. Tiene la paciencia de los campesinos a la hora de mostrarnos el balanceo de la hierba, el movimiento de las ovejas en los prados, los recuerdos de las ancianas del pueblo. Tiene, también, la sensibilidad para mostrarnos no sólo la preocupación en los ojos de la gente sino también su humor y su esperanza (simbolizada en el nacimiento de un ternero y en el parto de una cerda, sobre la paja, alumbrados con una linterna y ayudados por manos humanas). El hilo conductor de la acción es una biblioteca móvil, cargada de muchos más libros de lo que parece desde fuera. A este furgón lleno de palabras y pensamientos, se suben los habitantes del pueblo como quien atraca en la mismísima Isla del Tesoro. Y el hombre que la conduce y aconseja lecturas va charlando con ellos, tejiendo una narración, llena de humanidad, entre las casas. Otra metáfora sobre la conexión y su fragilidad.
Antes de la última escena de la película, rodada en una granja abandonada, leemos el siguiente epigrama, cargado de rabia reprimida: “Es sólo cuando veo acabarse las cosas que encuentro el coraje para hablar. El coraje, pero no las palabras.”
Ojalá encontremos pronto las palabras y los medios para devolverle la vida y la razón de ser a esos pueblos que guardan, sin saberlo, el secreto de nuestro futuro.

Saturday, 6 June 2009

Morar. Fuego, plata y turquesa.


El tren atraviesa páramos desolados en los que el silencio que no escuchamos lo vemos en la niebla. Más adelante, las montañas, tan cercanas que dan vértigo, nos parecen hechas de un manto de terciopelo con el que se ha cubierto el esqueleto de animales gigantescos. Y, al fin, en el horizonte de nuestra ventanilla, aparece el mar. Un estallido de brillos espejeados y, al fondo, el perfil accidentado de las Hébridas: Rum, Skye, Eigg. Nos bajamos en Morar, un pequeño pueblo en el que al menos hay un hotel en el que podremos cenar por la noche. De camino al Bed&Breakfast, que está a una hora a pie del pueblo, nos sorprende el atardecer. El cielo se ensangrienta y parece que el sol, al descender, le ha prendido fuego a los árboles y a los brezales. Tanta belleza sólo para nosotros. Nos quedamos callados y escuchamos el sonido distante, suave, de la bajamar y, de vez en cuando, el balido de una oveja o las dos notas melancólicas del cuco. Un grupo de tres corzos atraviesa veloz la carretera y las vías del tren, como si caminaran sobre ascuas. Se detienen un instante a mirarnos, en sus ojos un mensaje que no es del todo hostil, y desaparecen entre los matorrales. Seguimos la carretera zigzagueante hasta llegar a la playa. La arena brilla con un resplandor lunar que parece acentuarse a medida que se espesa la oscuridad. A la mañana siguiente, volvemos a las playas de arenas plateadas. Tras atravesar las dunas en las que crece una hierba rala y resistente, nos encontramos frente a un mar de aguas turquesas. El agua nos invita con la misma fuerza con la que nos rechazará cuando nos decidamos a dejar la ropa sobre la arena y a correr contra las olas dando gritos de pura alegría y de frío. El baño no dura mucho, pero sí durará su efecto benéfico. Tiritando y un poco mareado, siento que el agua y el aire me han devuelto el cuerpo. Mis huesos, mi piel y mi carne, parecen haber echado alas que se extienden húmedas al sol, como las recién estrenadas de un insecto, disfrutando de la felicidad de saberse vivos para la belleza del mundo.



Fotos de Ryan McQuade

Saturday, 23 May 2009

Ardlui. El muro de piedra


Nuestra primera parada (improvisada, impulsiva) en este viaje en tren por la costa este escocesa es Ardlui, una estación situada en la cabeza del lago Lomond. Ardlui, me dice Ryan, significa algo así como “el alto de los terneros” en gaélico. Y es que por aquí pasaban numerosos rebaños de reses en su camino hacia los mercados del sur, llegando a veces hasta el mismísimo Londres. Hoy todavía se ven ovejas y vacas en estas tierras sin apenas árboles, este paisaje hecho por la mano del hombre y sus ganados y, aún así, tan hermoso. Si algún día Ardlui fue un pueblo, hoy no queda nada de él, aparte de la posada, en la que ahora, en vez de pastores nómadas, se alojan turistas. Adosado al hotel, hay un parque de caravanas y una marina, en la que están amarrados botes y barcos de vela. Le damos la espalda al lago y a los turistas y subimos hacia la colina donde pacen las ovejas. Y ahí descubrimos la joya escondida de Ardlui: un hermoso muro de piedra. El muro no es muy alto, lo suficiente para que no se escapen las ovejas, y sigue el curso de un arroyo, dibujando curvas suaves. Es ese adaptarse a lo que ya estaba ahí, al arroyo, al árbol y al contorno de la pendiente (todo lo contrario a la mentalidad buldózer que prima estos días) lo que lo hace especialmente bello. El muro respeta el paisaje (o al menos eso nos parece, ahora) y lo hace más hospitalario. Mirando el muro, pienso en que alguien, en su día, subió hasta aquí todas estas piedras. Alguien, un artista anónimo, pero no por eso menos artista, sopesó las piedras en sus manos, eligiendo o desechando, y las fue colocando una a una, rellenando huecos, afirmando equilibrios, avanzando su obra lentamente. Alguien que, cuando puso la última piedra, no dio su trabajo por terminado, porque sabía que ahora vendría el Tiempo y lo adornaría con líquenes y musgos, con el brillo de los insectos y el parpadeo de las lagartijas, todas esas plantas y animales para los que el muro es un escondrijo de supervivencia en la desnudez de la pendiente. El Tiempo, también, a través del peso silencioso de la nieve o la furia ciega de un animal tratando de ponerse a salvo de su depredador, se encargaría de derribar alguna piedra. Y el hombre vendría con sus manos a repararlo. Alguien, invisible para nosotros, se ocupa todavía de mantener en pie el muro. Y nos vamos hacia el apeadero del tren, pensando en todas las manos anónimas a lo largo y ancho del mundo que construyen, no en contra de la naturaleza, sino con respeto, acariciándola.