Thursday, 28 February 2008
Paseo
Monday, 18 February 2008
Felicidad
Sunday, 6 January 2008
Breve diccionario de unas navidades raras (II)
Libros: Como todas las navidades, recupero el placer de leer sin reloj delante de la chimenea. Leyendo viajo a un Paris melancólico, de amores tristes y amistades traicionadas; a una Galicia mágica, de fragas y criadas locuaces, de niebla y pasiones otoñales; a un Mediterráneo de emigrantes de ojos oscuros y tristes, de sueños rotos, injusticias y pobreza y a una Alejandría de personajes míticos, amores prohibidos, soledad y poesía.
Nostalgia: Las navidades me emborrachan de nostalgia. La nostalgia es la niebla del tiempo: un sentimiento que difumina el presente para resaltar el esqueleto de los árboles del pasado. Por estas fechas, la nostalgia hace presa fácil de nosotros porque creemos (o sentimos) que las mejores navidades de nuestras vidas están ya en el pasado. Llegamos a finales de diciembre y los fantasmas de las navidades pasadas (bien lo sabía Dickens) nos echan encima la nostalgia, al igual que con cada nuevo anuncio de “El Almendro” se nos llena la boca del empalago de todos los anteriores. Este año siento la nostalgia desde el inicio del viaje, desde el momento en que cierro la puerta de mi casa en Escocia. Anochece y la escarcha cubre el jardín como si fuese sal. En las casas vecinas, las luces de navidad proclaman con un entusiasmo cansino la llegada de las fiestas. Y mientras el tren atraviesa el puente que cruza la ría, invisible bajo la niebla, siento la primera punzada de nostalgia. Por lo que fue y se fue. Pero, también, por lo que todavía no ha venido, por las posibilidades que perderé y por las que sabré agarrar, porque la nostalgia con su niebla confunde lo que ha pasado con lo que está por pasar.
La nostalgia deja una resaca de tristeza dulce. Cuando la niebla se disipe sé que tendré muchas ganas de vivir en el crudo, improvisado presente.
Nochevieja: Sin fiesta pero con champán. Con uvas pero sin buenos propósitos. Sin supersticiones pero cumpliendo con el rito de quemar los calendarios del año que se fue. Entre mi primo Alejandro y yo le prendemos fuego al 2007 ¡Muerte al 2007!, gritamos. ¡Larga vida al bisiesto 2008! Que ardan los días y los meses y que el fuego, que todo lo purifica, se lleve lo que ya no nos hace falta, o lo que nos duele. Y luego, Alex y yo nos quedamos embobados mirando las estrellas. Se me había olvidado que el cielo de Riosequino está más poblado de estrellas que ninguno que conozco. Mientras admiramos las constelaciones y tratamos en vano de recordar sus nombres, pasa una estrella fugaz. Y estamos tan eufóricos que hasta se nos olvida pedir un deseo.
Volver: Y llega el momento del retorno. Me paso la vida volviendo. Volver a España para volver a Escocia para volver a España para volver Escocia. Volver es el verbo de los emigrantes, de los que tienen el corazón partido entre dos tierras. Donde quiera que esté no voy, vuelvo, porque en los dos sitios se queda siempre un trozo de mí. Y, así, el inicio del viaje de vuelta está teñido de la tristeza de las despedidas pero, también, animado por las expectativas de seguir con mi vida tras las vacaciones navideñas. Se acaban las vacaciones y empieza la aventura de lo que traigan los días.
Sunday, 30 December 2007
Breve diccionario de unas navidades raras
Animales: Llego a Riosequino y recibo, como una bendición, el consuelo de los animales. Los perros aúllan y dan cabriolas en el aire y la burra Gilda me da cabezazos tiernos y mordiscos voraces de tía-abuela. Y lo mejor, el gato Ofe, que me llama desde el tejado de la cuadra y salta a mis brazos cuando me acerco, con una decisión que me emociona. Porque me demuestra que lo que los animales hacen está, una vez más, por encima de nuestras expectativas y aún de nuestra imaginación. ¿Quién iba a pensar que Ofe guardaría una foto mía en algún bolsillo de su mente y que, a pesar de los 7 años que ya hace que no vivimos juntos y de los 12 meses en los que no me ha visto, esa imagen iba a tener tanta fuerza como para hacer que se lanzara al vacío, encomendándose a su recuerdo y a su confianza en mí? Mucho se ha alabado, y con razón, la fidelidad de los animales, pero poco se dice de la fe ciega que tienen en la reciprocidad de nuestro cariño y de su escalofriante ingenuidad ante las veleidades del corazón humano. Nunca paran de enseñarnos cosas, a poco que les escuchemos, los animales.
Dulzaina: Vuelvo al bar donde crecí. En estas mesas de mármol, con patas de máquinas de coser, se trazaron sueños y destinos. Aquí hablamos, Juan y yo, y María, y Cristina, y los demás, de libros y de amores, con pasión adolescente. Aquí nos reímos, con la risa feroz de la juventud, de nuestros fracasos y nuestras payasadas; aquí discutimos acaloradamente, espoleados por el calor de la fe y de la cerveza y los quemadillos, sobre política y cine. Aquí, cobijados bajo el techo de madera, nos enseñamos cicatrices y nos hicimos, si cabe, más amigos todavía. ¡Qué bien que haya cosas que nunca cambien!
Nieve: La nieve cayó, inesperada, la tarde del día de Navidad. La nieve que siempre nos hace mirar hacia arriba, asombrados. La nieve que cae lenta y, a la vez, forma vertiginosos enjambres de copos alrededor de las farolas. Nieve que se posa suavemente sobre la tierra y sobre el hocico de los perros. El silencio de la nevada, que es un silencio de sábanas limpias, de mundo recién estrenado, hace que se duerma mejor y se sueñe con los habitantes de los bosques y de los desvanes, con el río helado que cruje bajo nuestros pies, entre la realidad y el deseo. Duró poco, la nieve.
Friday, 14 December 2007
Into the Wild
“Into the Wild” se estrena el 4 de enero en España.
Sunday, 25 November 2007
Elogio del abrazo
Una de las ventajas de ser primate es la capacidad de abrazar. Porque tenemos dos brazos en vez de cuatro patas podemos rodear con ellos el cuerpo de otra persona (de otro animal) y ponernos en contacto con el corazón compartido de la ternura. También están los besos, pero después de Judas (el judío, no el gato) su valor ha ido cayendo en picado. Besamos a todo el mundo, desde el momento mismo de ser presentados, a veces en las dos mejillas, haciendo que la redundancia deprecie más su valía. El beso (no el beso en los labios de los amantes, que es otra cosa) es la nuez vacía del afecto, un simulacro estereotipado del cariño. Si queremos demostrar éste de verdad, recurrimos al abrazo. Cuando abrazamos franqueamos ese espacio personal que es frontera o muralla y nos damos al otro y lo recibimos en nuestros brazos. Quizás por eso en esta cultura anglosajona, tan individualista y celosa del espacio personal, abrazar es raro. Recuerdo que las primeras veces que quedaba para tomar café con mi amiga Ever y la saludaba con un abrazo, se quedaba tensa entre mis brazos (haciéndome sentir un poco como esa mofeta de acento francés de los dibujos animados que, enamorada del amor, perseguía con tenacidad implacable a cualquier gatita que pasara a su lado) “Esa cosa que haces cada vez que nos vemos”, me dijo al fin un día. “¿El qué, abrazarte?”. “Sí. No es que no me guste, pero para mí es nuevo y me pone tensa. Pero no dejes de hacerlo que quiero acostumbrarme.” Y ahora, unos años después, Ever, e incluso su novio Paul, están más que acostumbrados. Hasta tal punto que si me despido sin abrazarlos, me lo recriminan, justamente.
El abrazo lo inventamos, sin duda, después del pecado original, que no tiene que ver con la serpiente o la manzana, sino con el conocimiento del daño que somos capaces de hacer a otros. Abrazando no sólo enterramos el hacha de guerra y ofrecemos protección (resguardando el corazón ajeno con nuestra espalda) sino que también, y sobre todo, damos fe de nuestra propia fragilidad. Por eso nadie abraza mejor que quien es más vulnerable. Y por eso los políticos o los empresarios se dan la mano o una palmadita en la espalda pero jamás, al menos en público, se abrazan.
Mi amiga Anisha, al contrario que Ever y Paul, y quizás porque a pesar de ser británica su cultura es india y por ello mas táctil, entendió y respondió a mis abrazos desde el primer día. Y así nos saludamos cada mañana al llegar al trabajo. Es más, si las desventuras del día nos enturbian el ánimo nos buscamos y nos abrazamos un rato. Nuestros compañeros, que al principio observaban nuestros achuchones con cierto reparo, parece que poco a poco se van enterando y abriendo los brazos. Quién sabe, igual acabamos organizando una rebelión en el curro. A base de abrazos.
Wednesday, 14 November 2007
Volver a empezar
No me resisto a usar como comienzo de esta entrada en un nuevo blog las famosas palabras con que Fray Luis de León retomó sus clases en la universidad de Salamanca después de pasar cuatro años en la cárcel. Sólo dos palabras, apenas una frase, con las que el agustino despreció irónicamente el poder de los inquisidores, el daño causado por quienes tan injusta y severamente le castigaron, tal vez sólo por ser más listo que ellos. Si esa frase me viene aquí como anillo al dedo es por ese “ayer” mágico (las palabras son así, te salvan, te curan) que niega la distancia impuesta por un tiempo de silencio cuando hay una verdadera vocación de diálogo y acercamiento: a pesar de los cuatro años de forzado encierro no cuesta imaginarse a Fray Luis pensando en sus alumnos, imaginándose dialogando con ellos. Por eso es ese “ayer” tan pertinente y tan poderoso, y ese “decíamos” tan inclusivo y esperanzador. Es esa voluntad de retomar el hilo de una conversación interrumpida (por causas infinitamente más triviales que las que apartaron a Fray Luis de su cátedra) la que me anima hoy a volver a escribir un blog.
Siempre he creído que las palabras que merecen la pena ser dichas se gestan en largos silencios. Quizás por eso, ahora más que nunca, me siento con ilusión y energía para volver a intentar destilar la experiencia (la experiencia con minúsculas, los momentos de los momentos de la vida) en palabras más o menos precisas. Intentar buscar la exactitud pero también (o, quizás, sobre todo) el calor, un calor humilde, como de chimenea en las manos. Porque si es verdad, como parece, que la vida es un proceso de demolición, una suma de pérdidas, y si es verdad, como estamos viendo, que el mundo se nos muere estrujado entre (por) nuestras manos, necesitamos buscar palabras amuleto (como ese “decíamos ayer”) con las que acurrucarnos frente al desaliento y la ruina y con las que coger impulso para luchar contra tantas cosas que andan tan mal.