Thursday, 28 February 2008

Paseo


Cuando no sé qué hacer con los sentimientos intoxicantes, camino. La angustia, la tristeza, la soledad, la rabia, las combato caminando. La intensidad de lo que siento se podría medir en pasos, en millas, en kilómetros andados. Estos días de duelo los encaro a pie, porque no hay mejor forma de aprender a convivir con un fantasma que llevártelo de paseo. Mi abuelo y yo solíamos pasear juntos a menudo, por los caminos polvorientos de Riosequino o por el muelle y la playa de Gijón. El nunca vino a visitarme a Escocia y, ahora que es demasiado tarde, le siento acompañarme por el estrecho sendero que bordea la costa. Es jueves y hace frío. El camino está desierto. Tras subir el repecho que asciende bajo las vías, me detengo a contemplar los dos puentes entre los que vivo. Es esa hora del día en la que el tiempo queda suspendido y el cielo poco a poco se oscurece. Esa hora melancólica en la que la gente enciende las luces o pone la tele o suspira al cerrar las cortinas. Yo no. Hoy camino y dejo que la tristeza y los recuerdos se envuelvan en el misterio y la belleza de este rincón del mundo. Una garza sobrevuela el acantilado. Las luces de la plataforma donde atracan los petroleros se encienden y un barco se aleja lentamente. Una bolsa de plástico aletea desesperada entre las ramas de un árbol. Un mirlo se baña en un charco y, al verme, decide no asustarse. Un poco más adelante, un zorro cruza el camino y él sí, se asusta y se esconde. En mi cabeza hablo con mi abuelo de estas cosas, pero cuando llego a la playa me quedo en silencio. Las luces de las casas en la bahía, las luces de Edimburgo al otro lado de la ría, ni me confortan ni me duelen. Esta es mi soledad elegida. Mi consuelo es la belleza del mundo, la magia de lo que me sale al paso cuando camino, el mar y esa voz que no volveré a oír que me dicen sigue, vive.

Monday, 18 February 2008

Felicidad

Para mi abuelo, In Memoriam
La foto la encontré olvidada bocabajo en un cajón que nadie ha abierto desde hace mucho tiempo. El papel fotográfico está pegado a una tablilla de ocumen, supongo que para evitar que se arrugue, y su reverso está profanado por unos garabatos infantiles, de esos que hacemos cuando los bolígrafos han dejado de escribir. La foto probablemente no haya estado nunca en un marco, colocada encima de una cómoda o en un aparador, porque la tristeza que afila la mirada de los retratados es demasiado explícita, demasiado desafiante, para exponerla ante los ojos de las visitas, que buscan en las fotografías la certificación de una cierta felicidad, aunque sea fingida o soñada. No resulta fácil mantener la mirada de esos niños y ese hombre que apenas se molestan en disimular su dolor, como si el posar así –con el semblante devastado y los zapatos sucios- hubiese sido una obligación penosa, un trámite impuesto por algún burócrata desaprensivo. Uno imagina la incomodidad, la casi vergüenza del fotógrafo cuando, hace más de setenta años, les robó el alma rota e inmortalizó sus rostros dolientes, tan dolientes que golpean como una acusación. La misma vergüenza culpable que siento yo al rescatar la foto del olvido y que me lleva a reconstruir la historia de su dolor sin preguntar a nadie, con los retazos de lo que he oído a lo largo de los años y con las confesiones espontáneas de una de las retratadas durante estos días inciertos de hospitales y de intimidad melancólica. La foto es una foto de familia. Reconozco sin dificultad a las cuatro niñas, a las que conocí cuando ya entraban en su tercera edad. Estudiando sus rostros desconsolados aprecio la cualidad individual de su dolor, que va desde el abatimiento desolado de Carmen, vestida de luto, hasta la mueca enfurruñada, trágicamente infantil de Leonides, pasando por el gesto contenido pero extrañamente desafiante de Araceli, en medio de aquellas dos. Aunque a ellos nunca los conocí, sé que el hombre sentado es Julián, su padre, y el niño situado a su derecha, con un gesto de desconfianza en el rostro y el tronco inclinado hacia el margen de la foto, como si estuviese preparado para salir corriendo, es su hermano Pepe, el hermano montaraz y adorado que moriría apenas siete años después, con sólo veinte, en cualquiera de los dos bandos -nadie de los que le han sobrevivido recuerda en cuál- durante la guerra Civil. Sé también que esta foto es una foto con fantasma; su presencia es casi palpable en el hueco que los dos hijos mayores han dejado entre ellos, detrás de su padre. Ahí, parecen querer decir, es donde debería haberse colocado su madre, fallecida tan solo un año atrás, tras parir a su noveno hijo que, al igual que otros tres antes, tampoco llegó a sobrevivir. La muerte del ser más querido, esa pérdida que les abocó a una soledad inconsolable, es la verdadera protagonista de esta foto triste. Por mucho que haya intentado figurarme la dureza de la infancia de esa niña que creció para convertirse en mi abuela, no ha sido hasta ver esta foto en la que hace pucheros entre las piernas de su padre que su desgracia se me ha caído encima con toda su carga de desolación. Y, sin embargo, mirando su rostro, sus manos y sus pies diminutos, en la luz de la maravillosa experiencia que ha sido crecer a su lado (y al lado de su marido, mi abuelo Luciano), veo también a la niña imaginativa que prefería la compañía silenciosa de los perros a la tristeza de los hombres, veo a la niña alegre y vital que cantaba encima de la mesa de la cocina y que bailaba en las romerías hasta desgastar las alpargatas. Me sorprende sólo a medias reconocer nítidamente en esa personita frágil a mi abuela Felicidad, a la que en estos días difíciles he visto caminar por los pasillos de la UCI con las mismas piernas arqueadas, con la fragilidad y la fortaleza de los juncos, y siento dolor pero sobre todo orgullo, porque Feli nunca ha dejado de ser niña, de mirar hacia delante, de bailar la vida y de encarnar con valor lo que Vassili Grossman llamó “la furiosa felicidad de vivir”. Y me siento muy afortunado porque esa lección que mis abuelos nunca pretendieron enseñarme y sin embargo aprendí, esa vitalidad feroz, ilumina ahora mis noches oscuras y alimenta mi propia carne.

Sunday, 6 January 2008

Breve diccionario de unas navidades raras (II)

Familia: Con la Iglesia nos topamos el día 30 de diciembre: la jerarquía de la Iglesia católica organiza un acto en defensa de la “familia cristiana”. Escuchar las tonterías y desvaríos de los cardenales y del mismísimo Papa hace que me hierva la sangre. Estos mamelucos que hacen voto de castidad y no tienen ni idea de lo que es una familia propia se sienten autorizados, otra vez más, para proclamar e imponer sus antediluvianas ideas como única verdad. Esta gentuza cree que la familia la han inventado ellos, a base de barro, costillas, milagritos y anunciaciones. Pero lo cierto es que la familia es un invento de la biología. Los católicos, en su línea catastrofista e irrespetuosa, proclaman que la democracia y “el hombre” (y yo creo que se refieren al modelo patriarcal del Antiguo testamento, más que al malhadado ser humano) están en peligro debido a las nuevas leyes que, entre otras cosas, facilitan la tramitación del divorcio o autorizan el matrimonio entre personas del mismo sexo. Según ellos, la familia cristiana (ya se sabe, padre y madre casados ante Dios, hasta que la muerte los separe –como es el caso de tantas mujeres maltratadas que mueren a manos de sus maridos-, y sus hijos). Las familias judías, musulmanas, budistas, hindúes, agnósticas o ateas están condenadas al fracaso, por supuesto. Y ni que decir del terrible trauma que es ser hijo de padres divorciados, homosexuales o solteros. Los católicos vuelven a mear fuera del tiesto. No sólo se atribuyen el ser poseedores del único modelo de familia viable sino que, además, son intolerantes hacia otros modelos a los que insultan con sus beligerantes mentiras. Porque es mentira que nuestra Constitución ha de defender a ultranza la familia cristiana, ya que nuestra Constitución es aconfesional y laica. Y es mentira también que la familia es la pieza básica de la sociedad. La pieza básica de nuestra sociedad es el individuo y es al individuo a quien las leyes y la sociedad han de proteger en primer lugar. Porque hay familias estupendas (cristianas, ateas, hindúes, monoparentales, musulmanas y alienígenas). Pero hay también familias que anulan, torturan y matan.

Libros: Como todas las navidades, recupero el placer de leer sin reloj delante de la chimenea. Leyendo viajo a un Paris melancólico, de amores tristes y amistades traicionadas; a una Galicia mágica, de fragas y criadas locuaces, de niebla y pasiones otoñales; a un Mediterráneo de emigrantes de ojos oscuros y tristes, de sueños rotos, injusticias y pobreza y a una Alejandría de personajes míticos, amores prohibidos, soledad y poesía.

Nostalgia: Las navidades me emborrachan de nostalgia. La nostalgia es la niebla del tiempo: un sentimiento que difumina el presente para resaltar el esqueleto de los árboles del pasado. Por estas fechas, la nostalgia hace presa fácil de nosotros porque creemos (o sentimos) que las mejores navidades de nuestras vidas están ya en el pasado. Llegamos a finales de diciembre y los fantasmas de las navidades pasadas (bien lo sabía Dickens) nos echan encima la nostalgia, al igual que con cada nuevo anuncio de “El Almendro” se nos llena la boca del empalago de todos los anteriores. Este año siento la nostalgia desde el inicio del viaje, desde el momento en que cierro la puerta de mi casa en Escocia. Anochece y la escarcha cubre el jardín como si fuese sal. En las casas vecinas, las luces de navidad proclaman con un entusiasmo cansino la llegada de las fiestas. Y mientras el tren atraviesa el puente que cruza la ría, invisible bajo la niebla, siento la primera punzada de nostalgia. Por lo que fue y se fue. Pero, también, por lo que todavía no ha venido, por las posibilidades que perderé y por las que sabré agarrar, porque la nostalgia con su niebla confunde lo que ha pasado con lo que está por pasar.
La nostalgia deja una resaca de tristeza dulce. Cuando la niebla se disipe sé que tendré muchas ganas de vivir en el crudo, improvisado presente.

Nochevieja: Sin fiesta pero con champán. Con uvas pero sin buenos propósitos. Sin supersticiones pero cumpliendo con el rito de quemar los calendarios del año que se fue. Entre mi primo Alejandro y yo le prendemos fuego al 2007 ¡Muerte al 2007!, gritamos. ¡Larga vida al bisiesto 2008! Que ardan los días y los meses y que el fuego, que todo lo purifica, se lleve lo que ya no nos hace falta, o lo que nos duele. Y luego, Alex y yo nos quedamos embobados mirando las estrellas. Se me había olvidado que el cielo de Riosequino está más poblado de estrellas que ninguno que conozco. Mientras admiramos las constelaciones y tratamos en vano de recordar sus nombres, pasa una estrella fugaz. Y estamos tan eufóricos que hasta se nos olvida pedir un deseo.

Volver: Y llega el momento del retorno. Me paso la vida volviendo. Volver a España para volver a Escocia para volver a España para volver Escocia. Volver es el verbo de los emigrantes, de los que tienen el corazón partido entre dos tierras. Donde quiera que esté no voy, vuelvo, porque en los dos sitios se queda siempre un trozo de mí. Y, así, el inicio del viaje de vuelta está teñido de la tristeza de las despedidas pero, también, animado por las expectativas de seguir con mi vida tras las vacaciones navideñas. Se acaban las vacaciones y empieza la aventura de lo que traigan los días.

Sunday, 30 December 2007

Breve diccionario de unas navidades raras

Abuelo: Poder abrazar a mi abuelo Luciano ha sido lo mejor de estas navidades. El hombre, que el 5 de enero cumplirá 84 años, lleva unos meses “maluco” (como dice él) y mientras espera a que le hagan una angioplastia espera y se desespera, porque él nunca ha sabido estarse quieto y ahora no puede moverse. Al abrazarlo, después de un año sin vernos, mis brazos lo encuentran menguado, débil, aunque sus manos me agarran por la espalda con la fuerza de siempre. Las manos de mi abuelo son como las raíces de un roble, desmesuradas como las de los comedores de patatas de Van Gogh, manos de labriego y de minero con las que se ganó la vida desde los doce años. Nos cuenta y nos recuenta esas historias con el talento que siempre ha tenido para contar (él y mi abuela siempre me han contado cuentos y anécdotas, despertando en mí la pasión por el misterio de las palabras y las historias bien contadas). “Paez mentira como tira la cabeza pa'lo de antes”, dice, mientras nos habla de sus años mozos, del miedo que pasó en Oviedo, a los trece años, cuando le mandaban de noche a robar coronas de flores al cementerio, para revenderlas luego. Y mi abuelo nos hace reír con su picaresca, y con la risa nos damos mejor cuenta del miedo que debió pasar tan de niño, lejos de casa, en un país en guerra, sumido en una oscuridad de cementerio y de pobreza. Y ya quisiera yo que no me faltaran nunca sus historias.

Animales: Llego a Riosequino y recibo, como una bendición, el consuelo de los animales. Los perros aúllan y dan cabriolas en el aire y la burra Gilda me da cabezazos tiernos y mordiscos voraces de tía-abuela. Y lo mejor, el gato Ofe, que me llama desde el tejado de la cuadra y salta a mis brazos cuando me acerco, con una decisión que me emociona. Porque me demuestra que lo que los animales hacen está, una vez más, por encima de nuestras expectativas y aún de nuestra imaginación. ¿Quién iba a pensar que Ofe guardaría una foto mía en algún bolsillo de su mente y que, a pesar de los 7 años que ya hace que no vivimos juntos y de los 12 meses en los que no me ha visto, esa imagen iba a tener tanta fuerza como para hacer que se lanzara al vacío, encomendándose a su recuerdo y a su confianza en mí? Mucho se ha alabado, y con razón, la fidelidad de los animales, pero poco se dice de la fe ciega que tienen en la reciprocidad de nuestro cariño y de su escalofriante ingenuidad ante las veleidades del corazón humano. Nunca paran de enseñarnos cosas, a poco que les escuchemos, los animales.

Dulzaina: Vuelvo al bar donde crecí. En estas mesas de mármol, con patas de máquinas de coser, se trazaron sueños y destinos. Aquí hablamos, Juan y yo, y María, y Cristina, y los demás, de libros y de amores, con pasión adolescente. Aquí nos reímos, con la risa feroz de la juventud, de nuestros fracasos y nuestras payasadas; aquí discutimos acaloradamente, espoleados por el calor de la fe y de la cerveza y los quemadillos, sobre política y cine. Aquí, cobijados bajo el techo de madera, nos enseñamos cicatrices y nos hicimos, si cabe, más amigos todavía. ¡Qué bien que haya cosas que nunca cambien!

Nieve: La nieve cayó, inesperada, la tarde del día de Navidad. La nieve que siempre nos hace mirar hacia arriba, asombrados. La nieve que cae lenta y, a la vez, forma vertiginosos enjambres de copos alrededor de las farolas. Nieve que se posa suavemente sobre la tierra y sobre el hocico de los perros. El silencio de la nevada, que es un silencio de sábanas limpias, de mundo recién estrenado, hace que se duerma mejor y se sueñe con los habitantes de los bosques y de los desvanes, con el río helado que cruje bajo nuestros pies, entre la realidad y el deseo. Duró poco, la nieve.

Friday, 14 December 2007

Into the Wild

Una de mis películas, preferidas de este año ha sido “Into the wild”, que ha dirigido Sean Penn. Basada en el estupendo libro de Jon Krakauer (publicado en España como “Hacia rutas salvajes”), cuenta la historia de Christopher McCandless, un joven americano de familia bien que a los 22 años decide donar sus ahorros a la beneficencia, cambiar de nombre y embarcarse, tras cortar todos sus lazos familiares y amistosos, en un viaje hacia el mágico norte, hacia esa mítica tierra llamada Alaska. Movido por el rechazo al materialismo asfixiante y las convenciones sociales (la hipocresía) de nuestra época, Chris atraviesa desiertos, navega por el cañón del Colorado, trabaja en el campo en Dakota e intima por el camino con un puñado de personas en las que dejará una huella indeleble. Porque, a pesar de su individualismo feroz y su creencia en que no deberíamos buscar la felicidad en las relaciones personales, la vitalidad contagiosa y la honestidad salvaje de este chaval acaban por meterse bajo la piel de quien se cruza en su camino. El entusiasmo de Chris por la naturaleza y el rígido código moral al que se sometía se gestaron durante años solitarios en los que (decepcionado por las mentiras y la ostentación material de sus padres y por la vacuidad de su vida de estudiante) se refugió en la lectura de los clásicos rusos, las trepidantes novelas de Jack London y los libros del gran H. D. Thoreau. Fue Thoreau el que escribió: “me fui a los bosques porque quería vivir a conciencia” y no es difícil ver la poderosa llamada que estas palabras debieron ejercer sobre la imaginación de McCandless. Chris quería experimentar la furia de los elementos sobre su cuerpo, luchar a solas por su supervivencia y descubrir, a base de llamar las cosas por su verdadero nombre y de prestar atención a las fuerzas básicas de la vida, la verdad última sobre sí mismo. El relato de su búsqueda es un viaje apasionante, una apología de la libertad, de la belleza de seguir la llamada de la naturaleza, esa que esta ahí afuera, en la cumbre de las montañas, en la sangre de los árboles y de los ríos, en los ojos de los animales y también, aunque se nos olvide, agazapada en el último rincón salvaje de nuestros corazones.

“Into the Wild” se estrena el 4 de enero en España.

Sunday, 25 November 2007

Elogio del abrazo


Una de las ventajas de ser primate es la capacidad de abrazar. Porque tenemos dos brazos en vez de cuatro patas podemos rodear con ellos el cuerpo de otra persona (de otro animal) y ponernos en contacto con el corazón compartido de la ternura. También están los besos, pero después de Judas (el judío, no el gato) su valor ha ido cayendo en picado. Besamos a todo el mundo, desde el momento mismo de ser presentados, a veces en las dos mejillas, haciendo que la redundancia deprecie más su valía. El beso (no el beso en los labios de los amantes, que es otra cosa) es la nuez vacía del afecto, un simulacro estereotipado del cariño. Si queremos demostrar éste de verdad, recurrimos al abrazo. Cuando abrazamos franqueamos ese espacio personal que es frontera o muralla y nos damos al otro y lo recibimos en nuestros brazos. Quizás por eso en esta cultura anglosajona, tan individualista y celosa del espacio personal, abrazar es raro. Recuerdo que las primeras veces que quedaba para tomar café con mi amiga Ever y la saludaba con un abrazo, se quedaba tensa entre mis brazos (haciéndome sentir un poco como esa mofeta de acento francés de los dibujos animados que, enamorada del amor, perseguía con tenacidad implacable a cualquier gatita que pasara a su lado) “Esa cosa que haces cada vez que nos vemos”, me dijo al fin un día. “¿El qué, abrazarte?”. “Sí. No es que no me guste, pero para mí es nuevo y me pone tensa. Pero no dejes de hacerlo que quiero acostumbrarme.” Y ahora, unos años después, Ever, e incluso su novio Paul, están más que acostumbrados. Hasta tal punto que si me despido sin abrazarlos, me lo recriminan, justamente.

El abrazo lo inventamos, sin duda, después del pecado original, que no tiene que ver con la serpiente o la manzana, sino con el conocimiento del daño que somos capaces de hacer a otros. Abrazando no sólo enterramos el hacha de guerra y ofrecemos protección (resguardando el corazón ajeno con nuestra espalda) sino que también, y sobre todo, damos fe de nuestra propia fragilidad. Por eso nadie abraza mejor que quien es más vulnerable. Y por eso los políticos o los empresarios se dan la mano o una palmadita en la espalda pero jamás, al menos en público, se abrazan.

Mi amiga Anisha, al contrario que Ever y Paul, y quizás porque a pesar de ser británica su cultura es india y por ello mas táctil, entendió y respondió a mis abrazos desde el primer día. Y así nos saludamos cada mañana al llegar al trabajo. Es más, si las desventuras del día nos enturbian el ánimo nos buscamos y nos abrazamos un rato. Nuestros compañeros, que al principio observaban nuestros achuchones con cierto reparo, parece que poco a poco se van enterando y abriendo los brazos. Quién sabe, igual acabamos organizando una rebelión en el curro. A base de abrazos.

Wednesday, 14 November 2007

Volver a empezar

“Decíamos ayer…”
No me resisto a usar como comienzo de esta entrada en un nuevo blog las famosas palabras con que Fray Luis de León retomó sus clases en la universidad de Salamanca después de pasar cuatro años en la cárcel. Sólo dos palabras, apenas una frase, con las que el agustino despreció irónicamente el poder de los inquisidores, el daño causado por quienes tan injusta y severamente le castigaron, tal vez sólo por ser más listo que ellos. Si esa frase me viene aquí como anillo al dedo es por ese “ayer” mágico (las palabras son así, te salvan, te curan) que niega la distancia impuesta por un tiempo de silencio cuando hay una verdadera vocación de diálogo y acercamiento: a pesar de los cuatro años de forzado encierro no cuesta imaginarse a Fray Luis pensando en sus alumnos, imaginándose dialogando con ellos. Por eso es ese “ayer” tan pertinente y tan poderoso, y ese “decíamos” tan inclusivo y esperanzador. Es esa voluntad de retomar el hilo de una conversación interrumpida (por causas infinitamente más triviales que las que apartaron a Fray Luis de su cátedra) la que me anima hoy a volver a escribir un blog.
Siempre he creído que las palabras que merecen la pena ser dichas se gestan en largos silencios. Quizás por eso, ahora más que nunca, me siento con ilusión y energía para volver a intentar destilar la experiencia (la experiencia con minúsculas, los momentos de los momentos de la vida) en palabras más o menos precisas. Intentar buscar la exactitud pero también (o, quizás, sobre todo) el calor, un calor humilde, como de chimenea en las manos. Porque si es verdad, como parece, que la vida es un proceso de demolición, una suma de pérdidas, y si es verdad, como estamos viendo, que el mundo se nos muere estrujado entre (por) nuestras manos, necesitamos buscar palabras amuleto (como ese “decíamos ayer”) con las que acurrucarnos frente al desaliento y la ruina y con las que coger impulso para luchar contra tantas cosas que andan tan mal.